Es mentira si dijera que nos conocemos mucho.
Sería una mentira aún más grande decir que yo te quise desde el comienzo. Porque tú y yo sabemos que no existe cosa tal como el amor a primera vista. Sabes también que, lo que tú sentiste por mí, no fue amor ni algo remotamente parecido. Quizá curiosidad, porque yo tenía la boca cerrada la mayor parte del tiempo. Y tú ahora sabes que no era por aspereza o rigidez, pero en aquél momento lo ignorabas.
Soy una persona cautelosa por naturaleza y considero que las primeras impresiones son importantes. Por eso primero dejo que las personas hablen. Nunca doy opiniones concretas de buenas a primeras. Todo es vago al principio. Digo cosas que puedan complacer a la media. Pero tú te tornaste, con desinterés. Y yo te tuve que admitir lo imbécil que eras. Lo poco civil.
La próxima vez que me viste, sonreíste. ¿Soy imbécil, eh? No puedo creer tu desvergonzada actitud. Me diste asco. Asco. ¿Imbécil? Es poco. Era poco. En aquél entonces hacerme enojar no era ningún reto y en realidad aún tengo un pésimo carácter. Además, siempre has tenido el talento para hacer que pierda los estribos.
Me molestabas y yo me dejaba molestar; en esos infantiles juegos donde se llama atención y se concede.
Cállate. No. Cállate. No. Déjame en paz. Te estoy dejando en paz. En, serio, no estoy jugando, te voy a partir la cara. No te estoy molestando, además, como si pudieras.
No era tan difícil lidiar contigo frente a todos, pues nuestros papeles estaban listos y ensayados.
Si te pudieras ir por el otro lado de la acera, tu presencia me incomoda. Como si fuera mi problema, no te estoy haciendo nada. Déjame en paz por un momento en tu vidaaa. Qué sensible, no te estoy haciendo nada.
Pero cuando nos dejaban a solas las cosas se complicaban. Tú empezabas a mostrar un rostro que yo no conocía. Facetas ocultas, que ojalá hubieran permanecido así. Y no era que no me gustaran, el problema es que me gustaban tanto que a veces deseaba que todos se fueran de una maldita vez.
Y que quedáramos tú. Yo. Y ese lado de ti que tanto me intrigaba.
Tú me considerabas la persona sincera que obviamente no soy y nunca fui. Es que frente a ti yo no tenía miedo. Porque, en un principio, pensaba que no me importaba si me aceptabas o no, y que te podías largar en cualquier momento, porque eras una fea molestia en el culo. Pero luego me di cuenta que confiaba tanto en que me aceptabas, que finalmente podía destaparme. Ser yo.
Un día me besaste. Me lo pediste antes y yo dije que sí. Nos acercamos, ladeaste la cabeza y sucedió. Tenía los ojos abiertos. Y no me acuerdo de los tuyos, pero creo que estaban cerrados. En el cielo flotaba una nube que parecía un riñón (uno extremadamente deforme) y me acuerdo bien, porque era feo... muy feo. Nos separamos y seguimos hablando.
No estábamos enamorados. No entonces.
Después de eso me quisiste agarrar de la mano. A veces yo te lo permitía. Otras me sacudía tu palma sudorosa de encima. Tu blahblahblha y otra hora desperdiciada. Y cuando no había más de qué pendejear venía tu beso, siempre cálido y salivoso. No me tocabas. Y luego hablábamos de otras cosas.
Muchas veces quería que te callaras y que me besaras. Aunque yo no cerrara los ojos, siempre me daba esa sensación de que con tus besos el sol se escondía antes y los mosquitos picaban menos. Y se me quitaba el frío. Aunque a veces te oliera mal la boca, a mí no me importaba, porque tus besos me empezaban a gustar mucho. Luego empezaste a mascar chicle. Sabía bien, pero era menos espontáneo y comenzaba a adivinar cuándo ibas a acercarte.
Luego comenzamos a concertar citas sin tus amigos. Sin mis amigos. Salir y hablar. Y comer. Y besos. Y hablar. Y besos, finalmente besos.
Cuando querías más besos, te portabas mejor, hacías lo menos por molestarme. Cuando querías más y más besos, y mejores besos; te portabas muy mal, hacías todo por molestarme.
Las manos, el calor y la rabia, la molestia. Un día me metiste la mano por debajo del pantalón y por primera vez cerré los ojos.
Ese día el chicle era de chocolate con menta.
Después, siempre cerré los ojos.
En cada esquina, en cada corredor. En cada salón, en cada cuarto de mi casa, de tu casa, de la casa de él y de ella, nuestros amigos; había muestras de tu amor, muestras de mi amor. Había algo nuestro. Recuerdos y murmuros y tu roce y tu mano sudorosa. Y estaban mis yemas callosas y tu cabello largo y grasoso los domingos. Y el cabello que me corté, en un arranque de ira. Y tu mal aliento, cubierto por el chicle.
Yo ya te quería. Desde antes, pero no recuerdo que tan antes. Había empezado a quererte. Porque me tenías paciencia. Porque... te tenía paciencia. Porque hablábamos. Y el tiempo, segundo a segundo, era consumido a besos, a cariricas a palabras que significaban algo y que al día siguiente no significaban nada. Era un ameno desperdicio de horas.
Es que teníamos tiempo para desperdiciar. Cuando la universidad y el trabajo y la adultez se pusieron en nuestro camino, parece que todo lo que habíamos contruido se fue por la coladera. Como nuestras horas. Cuando nos juntamos, ya no tuvimos tema de conversación. Tú estabas más imbécil y yo más irritable.
Creo que nos deberíamos dar un descanso. Creo lo mismo. ¿De verdad lo crees?. Lo creo. ¿No tienes miedo?. ¿Miedo a qué?. A que después de esto ya no se pueda, a que después de esto... ya no sea lo mismo.
Y el silencio. Porque ambos teníamos miedo.
Mucho miedo.
Pero lo inevitable, inevitable es.
Y eso... es ahora esto. Esto.
Lo nuestro estaba destinado a ser, finalmente, una entrada en mi journal.
Una relación rota en el facebook.
Una actualización en tu twitter.
Porque a eso se limitan ahora las relaciones humanas.